RASPUTÍN

Se llamaba Grigori Yefímovich y fue también conocido como Rasputín o el “monje loco”

Nació en Pokróvskoye, una aldea de Siberia, en 1869 (aunque esta fecha varía dependiendo de las biografías) y ya desde niño destacó por su carácter: era problemático, violento y tenía ya fama por entonces de ser capaz de leer la mente humana y de curar milagrosamente a los animales. Con muy mala fama en su aldea, por sus robos, peleas y su fama de alcohólico y mujeriego decide peregrinar hasta el Monasterio Verjoturie donde conoce al monje sabio Macari, que rápidamente se interesa por Rasputín al ver en él un don especial. Durante su estancia, Rasputín va a desarrollar su lado más espiritual y se convierte en una persona totalmente diferente.

Recordamos que la Ortodoxa era la Iglesia predominante en la Rusia de aquella época. Sin embargo, había otros “movimientos” al margen que tenían éxito en algunas zonas, como la secta de los “Flagelantes”, a la que se uniría Rasputín y con la que estaría, según las fuentes, 15 años peregrinando. Se dice que recorrió muchos países y que llegó a pisar Tierra Santa. Durante esos años con la secta, se dice que aprendió hipnosis e imposición de manos. Sea cierto o no, en lo que sí coinciden los biógrafos es en que durante esa época perfeccionó su habilidad para “leer la mente” de los demás. A pesar de ser llamado por muchos el “monje loco” nunca tomó realmente los hábitos y sus creencias tocaban lo divino sin renunciar a los placeres de la carne. De hecho, las orgías en las que Rasputín participaba no tardaron en hacerse famosas cuando, aproximadamente en 1905, llega a la ciudad de San Petersburgo. Allí pronto se dedica (además de al alcohol y a las mujeres) a propagar sus dones de curación y de lectura de mente.

Su fama se propaga por toda la ciudad y llega a oídos de la clases altas y al Zar Nicolás y la Zarina Alejandra, que no tardan en ponerse en contacto con él. ¿La razón? Un secreto familiar que ponía en riesgo los más de 300 años de la dinastía Romanov: el pequeño de sus cinco hijos y único varón y, por tanto, futuro Zar, Alexei, padecía hemofilia y sufría tremendos dolores y hemorragias internas.

La fama de Rasputín y la desesperación de los zares los llevan a acudir al “monje loco” que visita el palacio de noche y pide ver al pequeño. Nada más entrar en sus aposentos y sin apenas tocarlo, el pequeño mejora: la fiebre desaparece, el dolor se esfuma y las hemorragias internas parecen detenerse. Era un milagro.

Este hecho abrió las puertas de palacio a Rasputín, que pasaría a formar parte de la vida de los Romanov. A día de hoy aún se desconoce qué es lo que hacía Rasputín para que el pequeño Alexei mejorase: unos hablan de hipnosis, otros de imposición de manos y muchos hablan de que realmente tenía un don de curación. De hecho, ni siquiera era necesario que estuviese presente: en una ocasión, cuando Rasputín visitaba su aldea, a más de 1000 km de San Petersburgo, recibió un telegrama urgente: el Zarevich se había caído y estaba al borde de la muerte. La contestación del Rasputín fue inmediata: mantened la calma, se curará. Dicho y hecho, al día siguiente la hemorragia y la fiebre se detienen y Alexei mejora.

Mientras que la clase alta y el gobierno del Zar se muestran muy molestos con el comportamiento de Rasputín, Nicolás y (especialmente) Alejandra lo ven como un hombre santo, un sanador, como la única persona que tendría la llave para mantener al heredero con vida.

Los rumores sobre un posible romance entre la zarina y el monje loco no tardaron en extenderse por toda Rusia, al ser publicadas las cartas que ésta le enviaba a Rasputín. Sin embargo, la mayoría de biógrafos coinciden en señalar que nunca hubo una relación carnal entre ambos, más bien una relación de dependencia por parte de la zarina.

Las borracheras y orgías de Rasputín eran una molestia para la clase alta y la jerarquía del ejércitos ruso, si bien lo que más molestaba a éstos era la cada vez mayor influencia de Rasputín en las decisiones del Zar. En los más de diez años que el monje loco pasó junto a la familia Romanov no pocas decisiones estaban guiadas por los consejos de Rasputín. Uno de ellos, era la no intervención en la Primera Guerra Mundial. Algo que Rasputín consiguió retrasar, pero no evitar.

Una curiosidad. El mismo día que se producía el detonante de la IGM: el asesinato del Archiduque de Austria, el 28 de junio de 1914, Rasputín también sufre un intento de asesinato del que se salva por los pelos: una ex amante, deformada por la sífilis  lo ataca mientras estaba de visita en su aldea y lo abre en canal. Pero Rasputín, como veréis después, era duro de pelar y tras un mes en el hospital, vuelve a San Petersburgo.

Para evitar desgracias, la policía secreta zarista se encarga de vigilar a Rasputín 24 horas al día (las anotaciones son un no parar de idas y venidas de mujeres a su apartamento, borracheras, peleas y un incidente en el que Rasputín se saca la chorra en un restaurante al grito de “Amen libremente” y es detenido, entre otras)

Seguimos. Estamos en medio de la IGM y, tal como vaticinó Rasputín, el ejército alemán aplastaba Rusia, causando centenares de miles de muertos y una hambruna que dejaba al pueblo ruso en la miseria.

El Zar Nicolás se había trasladado al frente y en palacio se había quedado la zarina Alejandra y Rasputín, al que atribuyen muchas de las decisiones que se tomaron en aquel momento histórico (otros biógrafos afirman que realmente no tuvo un papel tan relevante en la política) pero por entonces el odio a Rasputín era ya generalizado: desde el pueblo a las clases más altas, incluidos los altos cargos del gobierno y el ejército.

La solución para estos últimos estaba clara. HABÍA QUE MATAR AL RASPUTÍN.

Así que se empieza a gestar su asesinato. Aquí entra en juego el Príncipe Yousoupov que organiza, con otros cómplices, un complot para matarlo. Yousoupov invita a Rasputín a su palacio y lo acomoda en una sala improvisada mientras el resto de cómplices espera a que se ejecute el plan. El vino y los pasteles estaban envenenados. Cada pastel contenía la cantidad suficiente para matar a un hombre. Pero allí estaba Rasputín comiendo pasteles como si nada y bebiendo a base de bien. Yousoupov se asusta y sube a comunicarles a sus cómplices que Rasputín no muere. Saca un arma y baja de nuevo decidido a acabar con el monje loco. Le dispara y sube a comunicarles a todos que por fin ha muerto.

Cuando bajan a ver el cadáver…Rasputín no está. No tardan en encontrarlo. Estaba deambulando por los jardines de palacio. Le disparan de nuevo y esta vez cae. Se apresuran a tirar su cuerpo a un río. Y fin de Rasputín. Era el 30 de diciembre de 1916 (16 de diciembre según el calendario ortodoxo)

Bueno, lo cierto es que su cuerpo apareció congelado dos días después y para sorpresa de todos no murió ni envenenado ni por los disparos, murió ahogado.

Rasputín había muerto y los problemas se habían acabado…En teoría. Porque aquí os dejo un extracto de una carta que Rasputín envió al Zar poco antes de su muerte:

“Si muero por mis hermanos, los campesinos rusos, no tiene nada que temer. Si muero por sus relaciones (con los poderosos) nadie en su familia permanecerá vivo durante más de dos años. Todos serán asesinados por el pueblo ruso”

Dicho y hecho. Meses después comienza la Revolución Rusa y apenas 15 meses después de su asesinato la familia Romanov es asesinada. Como este hilo se me ha ido de las manos, dejo el asesinato de los Romanov para otro hilo.

Para finalizar, añadir que el famoso pene de Rasputín trajo cola (guiño, guiño, codazo, codazo) El famoso pene que todos hemos visto conservado en un tarro unos 30 cm fue objeto de muchos rumores y leyendas y me acabo de enterar, ahora, documentándome, que en realidad, era un pepino de mar disecado.

Aquí dejo la breve historia de Rasputín para volver en la siguiente entrada a contaros el asesinato de la familia Romanov.

Publicado por veganibalecter

Como perder el tiempo en twitter no me parecía suficiente...decidí abrirme este blog. Aquí encontraréis (en otro formato) mis hilos sobre cine, historia, literatura, sociología...

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